Somos lo que leemos.

Feliz Día del Libro 2015

Porque somos lo que leemos yo hoy soy...

...Nena Daconte.

Probablemente no te suene mi nombre y si te resulta familiar quizás sea porque hace un par de años unos músicos lo utilizaron para bautizar su grupo... Pero no, no soy cantante, aunque me encanta tocar el saxofón. No te culpo: soy una muchacha pequeñita, paliducha y delgadita, tan insignificante que mi historia se resume en apenas una decena de páginas... Sin embargo te aseguro que una vez me conoces es imposible olvidarse de mí.

El rastro de tu sangre en la nieve

Perdona si te parezco presuntuosa, pero es que si me dieras una oportunidad, seguro que entenderías por qué creo que soy imborrable. Si te digo que soy una niña bien educada, perteneciente a una buena familia, quizás me imagines como una estirada repelente, pero te aseguro que tengo buen corazón. Quizás no sea una heroína de esas que salvan al mundo ni una damisela en apuros, aunque me considero bastante avanzada para mi época: algunas de mis decisiones escandalizaron a mis padres, pero siempre he apostado por ser feliz y a veces la felicidad se encuentra donde uno menos se lo espera...

Portada Doce Cuentos Peregrinos Gabriel García Márquez

No sé, no quiero hablar mucho de mí, porque como ya te dije, soy tan pequeñita y peregrina que apenas duro un suspiro. Sólo quiero aprovechar esta ventanita abierta para desearte un Feliz Día del Libro (uno de los mejores días del año) e invitarte a tomar un café, pues eso es lo que duraré entre tus manos: mi padre me creó efímera y aunque sé que a muchos lectores les cuesta mucho dar una oportunidad a quienes no acaparamos cientos de páginas, creo que en mi caso merece la pena el intento: como dice el dicho, las mejores esencias se conservan en frascos pequeños y sé que mi perfume impregna los corazones más reticentes. Muchas gracias por hacerme hoy un poquito de caso: si ya me conoces espero haberte evocado un sentimiento grato y si aún no hemos coincidido en el mundo de las letras... ¡dame una oportunidad! Creo que los dos saldremos ganando.

Feliz Día del Libro, Tarro Libros 2015

*Esta iniciativa surge del grupo de Facebook Tarro - Libros 2015 y fue ideada por Carmen y amig@s.

Cotufeando... (III).


Hola a tod@s!

Después del superatracón de pelis que me pegué a principios de año, me he vuelto un pelín perezosa en cuanto a lo audiovisual: entre lo ocupada que he estado y la bendita procrastinación, pocas cosas nuevas he visto en estas últimas semanas. Sin embargo, ahora que han empezado las nuevas temporadas de muchas de mis series favoritas y han vuelto los estrenos interesantes, me dispongo a hacer tabula rasa, no sin antes decirles mi opinión sobre las poquitas cosas con las que me he tropezado últimamente. Es muy posible que algunos de mis últimos visionados les sorprendan... Si quieres saber por qué, ¡sigue leyendo!

La única película vista fue La importancia de llamarse Ernesto, basada en obra de Oscar Wilde. Se trata de una comedia de enredos ambientada a finales del siglo XIX: Jack es un hombre serio y respetado que de vez en cuando huye a Londres a desmelenarse, haciéndose pasar por Ernesto, su disoluto hermano imaginario. Su extravagante amigo Algy se entera de esta treta y hará uso de ella, escapándose a la casa de campo de su amigo durante la ausencia de este, con el fin de averiguar los secretos que aquel oculta. De esta forma nos encontraremos con dos Ernestos: uno (Jack), que intentará ser aceptado como prometido de la prima de Algy y otro (Algy) camelando a la inocente pupila de Jack para hacerse con sus favores. Las relaciones entre todos los personajes se tornarán cada vez más confusas y darán lugar a momentos hilarantes, en los que parece que los protagonistas no tendrán escapatoria. La ambientación y la calidad de los actores está fuera de duda, pero me ha parecido una película facilona y rodada con el piloto automático, aunque no sé si la culpa la tiene el director o la obra de la que parte (que aún no he leído)


Todos los años intento incluir alguna novedad en mi calendario seriéfilo para así descubrir nuevas historias y quizás engancharme a alguna. Esta temporada tocaba una serie sencilla y cortita y la elegida fue De la A a la Z, una comedia romántica que prometía mucho y que se quedó en nada. Los protagonistas son Andrew, un chico enamoradizo que trabaja para una web de citas y Zelda, una abogada controladora que no cree en el amor. Andrew y Zelda trabajan en edificios contiguos, y la serie supuestamente va a contar los ocho meses, tres semanas, cinco días y una hora que saldrán juntos, mostrandonos su relación de la a a la z (cada capítulo, de hecho, comienza aludiendo al abecedario). La serie empezó muy bien, con protagonistas carismáticos y una historia curiosa, pero fue degenerando en tramas aburridas, chistes malos, personajes que desaparecen misteriosamente y otros que no entiendes qué pintan ahí... La serie fue cancelada en enero, quedándose a mitad del alfabeto y acelerando un desenlace predecible que fue deslucido por esas prisas finales. Una pena que un planteamiento tan interesante quedara tan desaprovechado...


Aquí está mi descubrimiento de la temporada: oí hablar de esta serie tras su primer capítulo pero mi ceja suspicaz se levantaba irónica ante tanta alabanza... Pero fue entrar en El ministerio del tiempo... ¡y nunca más quise salir! La serie aúna dos de mis grandes pasiones, la Historia y los viajes en el tiempo, de una manera muy digna, sin que sus tramas den vergüenza ajena: Amelia (una de las primeras estudiantes universitarias españolas), Alonso (un soldado de los Tercios de Flandes) y Julián (un efermero del Samur) tendrán que viajar a otros momentos de la Historia de España para evitar que esta cambie, pues las consecuencias podrían se desastrosas para el presente. La serie mezcla humor, aventuras, acción y algún romance con acercamientos a momentos claves de nuestro pasado común; me ha encantado la importancia que se le ha dado al mundo de la cultura con tramas protagonizadas por Velázquez, Lope de Vega, Picasso o Lorca, que sistemáticamente se han convertido en lo más comentado de la red. Si tienen oportunidad y les gusta la buena televisión, no se la pierdan: es una pequeña maravilla.


Y aquí va una de las dos rarezas que he añadido a mi lista de visionados: ya les he dicho que apenas he visto nada nuevo y es que ¡no he tenido tiempo! Pero a la hora del almuerzo y de la cena dos programas me han hecho compañía últimamente y la verdad es que me han resultado bastante curiosos. El primero se llama Sabotaje en la cocina, y es un concurso que enfrenta a cuatro cocineros a lo largo de tres rondas: todos tienen que hacer el mismo plato pero, entre medias, han de pujar por una serie de objetos que les ofrece el presentador y que tienen el fin de entorpecer a los rivales. Yo con este programa me parto: ver cómo tienen que cocinar sobre una sartén escachada, picar carne con láminas de pasta, utilizar chocolate para un postre quitándoselo a unos mariscos o ver cómo tienen que apañárselas atados entre sí para hacer sus platos me parece de una crueldad suprema... y me divierte mucho, lo que supongo que habla muy mal de mí como persona. Que después de tanta trastada salgan platos comestibles es un misterio que ni los de Fátima...


El otro programa lo descubrí hace muy poco: se llama Best Ink y es un concurso para elegir al mejor tatuador. La dinámica personal de los concursantes es similar a la de cualquier reality, con sus buenos, sus malos, sus cretinos, sus "vengo a demostrar lo que valgo", sus "tengo una historia lacrimógena detrás" y, para ser honestos, me importa bastante poco (aunque inevitablemente algunos me caen mejor que otros). Pero la parte artística me interesa mucho: primero se enfrentan a una prueba creativa, donde han de dibujar, maquillar, pintar, etc., los objetos que se les presentan siguiendo una temática concreta que marcará cada programa y después deben tatuar a una persona de verdad intentando adaptar sus estilos a las historias de cada una de sus "pieles" (así denominan a sus conejillos de Indias). Yo no tengo tatuajes y con el miedo que me dan las agujas no sé si me haría alguno, pero me gusta mucho ver el trabajo de estos artistas de cerca, pues creo que debe requerir mucho talento y destreza y, de verdad, muchas veces crean verdaderas obras de arte.

Pues nada más, ¡esto es todo! Ya ven que hoy les enseño cosas muy diferentes a las que les he traído anteriormente... Algunos son verdaderos "placeres culpables"... ¿Has visto alguna de estas pelis o series? ¿Te llaman la atención? ¿Cuál ese programa que ves en secreto pero que disfrutas como un niñ@?

El coronel no tiene quien le escriba.

Portada de El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez, reseña, opinión

Hace justamente un año una noticia me partió el corazón: moría Gabriel García Márquez, uno de mis autores favoritos, y yo me quedaba un poco huérfana. Estúpidamente pensaba que Gabo viviría por lo menos 100 años, como rezaba el título de su obra más conocida, y por eso me dolió tanto enterarme, ya de madrugada, de que el genio se había ido para siempre. Doce meses han pasado desde entonces y la vida sigue igual; parece que después de los primeros instantes de shock su recuerdo se ha ido diluyendo... Pero yo no quería dejar pasar este día sin conmemorar este primer año de soledad, para lo que he creído oportuno traerles mi humilde reseña sobre el último libro que he leído del autor: durante el pasado otoño, como cada año desde hace unos cuantos, visité las letras de García Márquez gracias a El coronel no tiene quien le escriba, una obra muy cortita y famosa a la que yo aún no le había hecho hueco, a pesar de lo mucho que me la habían recomendado. Con el recuerdo de Gabo en la memoria decidí sumergirme en su prosa envolvente, sintiendo alegría por encontrarme de nuevo con el autor y pena por saber que ya no se publicarán nuevas novelas suyas y que cuando termine de descubrir las que aún tengo pendientes, nuestra historia en común habrá terminado...

Cita, Frase, El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez

El viejo coronel acude todos los viernes al puerto a recibir la lancha del correo, ya que tiene la esperanza de que cualquier día le llegue la carta en la que le conceden la pensión prometida por ser veterano de guerra; tiempo atrás luchó bajo las órdenes de Aureliano Buendía en la guerra civil, pero actualmente malvive en una casa pobre, junto a su mujer, esperando a que le reconozcan sus derechos. El coronel y su esposa enferma han ido malvendiendo sus pocas pertenencias para salir adelante mientras llega el deseado dinero, pero actualmente sólo tienen una posesión de valor: un gallo de pelea, herencia de su único hijo al que asesinaron un año atrás. El matrimonio hará grandes sacrificios por sacar adelante al gallo hasta que se inaugure la temporada de peleas, en la que suponen que ganarán un buen dinero gracias a las apuestas... Pero quedan muchos meses para que llegue ese momento y las medicinas, la comida y el maíz del gallo son demasiados gastos para la maltrecha economía familiar... y puede que las soluciones que se les planteen en el camino no sean las mejores para salir de la miseria.

Película El coronel no tiene quien le escriba

Esta novela corta, al contrario que otras del autor, tiene muy pocos personajes, por lo que no genera demasiados "dolores de cabeza" a la hora de seguir el rastro de cada uno de ellos. El protagonista principal es el Coronel, un hombre viejo  que ha vivido muchas desgracias en carne propia, pero al que le quedan ánimos suficientes para confiar en que el dinero que merece le llegará, aunque lleve muchísimos años esperando una carta que no llega. Su mujer, enferma de asma, es más realista que él y le pone los pies en la tierra: mientras que el Coronel es un idealista que confía en que el dinero aparecerá o en que el gallo ganará todas las peleas, su mujer le reprocha esa actitud mientras se desvive por buscar la manera de mantenerlos a los dos, vendiendo todo lo que le es posible. Aunque en la historia también hay lugar para otros personajes, como el cartero, el médico, el sastre, los amigos del hijo del matrimonio o el rico del pueblo, el Coronel será el que centre todo lo que ocurre y con el que quizás más empaticemos por su persistencia y dignidad, a pesar de los reveses del destino.


Esta es una de las novelas más "sencillas" que he leído del autor; utilizo esta palabra no porque se trate de un libro simple o facilón, sino porque su estructura es muy clásica y cuenta los acontecimientos en orden cronológico, sin perderse en sucesos o elementos que jueguen con lo imaginario, como ocurre con esas obras suyas más inscritas en el Realismo Mágico. La historia evita dar vueltas sobre sí misma y va directa al grano, lo que quizás se deba a su corta extensión. A pesar de esto, el libro es un pozo de reflexiones, que nos hará replantearnos términos como esperanza, dignidad, idealismo, ingenuidad, persistencia o desamparo. El lenguaje me ha parecido sencillo, acorde al tipo de personas que protagonizan la acción y los diálogos y los capítulos cortos le han aportado agilidad al relato, aunque me he encontrado con personas que dicen que les ha parecido una lectura densa y estancada: no ha sido para nada mi caso y de hecho considero que es una de las obras más accesibles del autor, pero tengo comprobado que a García Márquez lo amas o lo odias y yo estoy en el bando del amor incondicional.

El coronel no tiene quien le escriba, dibujo, viñeta

El coronel no tiene quien le escriba me ha parecido una lectura durísima: el autor recrea muy bien esa atmósfera de desesperación que planea sobre toda la historia, a pesar de narrar los hechos con aparente ligereza. No quiero que a nadie le eche para atrás esta afirmación mía, no se crean que la historia es un drama lacrimógeno; todo está contado con mucha sutileza, las reflexiones sobre el parecido con la actualidad vienen después, cuando uno va reposando cada nueva derrota del Coronel y se da cuenta de que el mundo está tan podrido en la realidad como en este intenso relato. Me ha gustado muchísimo esta obra, que tiene una de esas sentencias finales que te escupen a la cara y te aplastan el corazón, porque no sabes si todo lo sucedido ha servido para algo o si tan sólo hemos vuelto al punto de inicio. Por esa sensación de desasosiego y ese bullir de ideas que siempre me deja de regalo adoré a Gabo en vida y lo seguiré haciendo después de su muerte, aunque se me acaben todos los libros y sólo me queden los recuerdos de obras tan valiosas como esta.

Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante cincuenta y seis años - desde cuando terminó la última guerra civil - el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Un hotel en ninguna parte.

Portada, Libro, Un hotel a ninguna parte, Mónica Gutiérrez, ebook

Soy una lectora de exteriores, no me gusta mucho leer en casa. Allí claro que tengo mis rincones donde ponerme calentita con una manta y sentir la lluvia a través de la ventana mientras leo, pero si tengo que elegir prefiero llevarme el libro de paseo y sacarlo en cualquier parque, cualquier autobús, cualquier sala de espera. No sé, creo que cada libro tiene su contexto, y el contexto de mi hogar es para hacer otras cosas: allí me dedico más a lo académico - laboral - festivo, las aventuras prefiero vivirlas en otro lugar. El problema surge cuando paso mucho tiempo fuera y no tengo un libro a mano ¿qué hacer si se me olvida meter una novela o mi e-reader en el bolso? En esa tesitura me vi a finales del año pasado, cuando me di cuenta de que tenía que afrontar un vuelo de unas dos horas y pico sin nada para leer... Las opciones eran pocas: o me empollaba la revista publicitaria que ofrecía el avión o me echaba una siestecita, pero no me apetecía demasiado ni una ni otra. Tras el despegue, cuando nos dejaron encender los teléfonos, me di cuenta de que tenía instalada la aplicación de Amazon en el móvil, así que aproveché para cotillear en mi estantería. Tropecé entonces con el último libro de nuestra compi bloguera, Mónica Gutiérrez, cuya lectura había pospuesto hasta encontrar el momento adecuado, y entonces vi la luz: no pude concebir un marco mejor para leer un título tan sugerente como Un hotel en ninguna parte que a 10.000 kilómetros de altura, sobre un algodonoso mar de nubes, navegando en un cielo dolorosamente azul.


Emma es una joven y guapa violinista a la que las cosas no le pueden ir peor: una desgarradora ruptura amorosa la deja de golpe sin pareja, sin casa, sin trabajo y sin esperanza. Emma es un corazón roto que atraviesa una profunda depresión que parece no tener fin. Esta situación empezará a cambiar cuando acepte un trabajo como camarera en un recóndito hotelito rural, El Bosc de les Fades, un lugar encantador donde la muchacha podrá lamerse las heridas y empezará a recomponer su alma. A través de los e-mails que Emma envía a su mejor amiga Anna conoceremos la nueva vida de nuestra protagonista, que pasa de lo oscuro a lo luminoso gracias al aprecio por las pequeñas cosas, las nuevas amistades y la influencia de un lugar mágico que resulta sanador en todos los sentidos. En este hotel en ninguna parte Emma se encontrará a sí misma, recuperará la ilusión y volverá a creer que las segundas oportunidades son posibles.


Son muchas las vidas que se cruzan tras los muros de El Bosc de les Fades, pero tres tienen un protagonismo especial. En primer lugar tenemos a Emma, la bella violinista de corazón roto que tratará de recomponerse en tan idílico rincón: Emma escribe sentidos e-mail a su amiga Anna gracias a los cuales conoceremos su historia, nos acercaremos a su personalidad y descubriremos las sorpresas que le depara el destino. Su estancia en El Bosc de les Fades será el bálsamo necesario para volver confiar en sí misma y en el futuro. Compartiendo protagonismo con Emma están Tristán y Samuel, los hermanos Brooks, dueños del bucólico alojamiento, que son muy diferentes entre sí: Tristán es un volcán de energía y optimismo, un muchacho despistado, ligón, aventurero y graciosete, mientras que Samuel es la formalidad hecha persona: serio, responsable, introspectivo... Cada uno afronta la vida  y los problemas que atraviesa el hotel de diferente manera, creando un curioso contraste que se remarca en el tono que emplean en los correos que le envían a su paciente madre, en los que desgranan sus preocupaciones y nos muestran sus caracteres. Encontramos también una serie de secundarios que me han gustado incluso más que los protagonistas, pues todos tienen una forma de ser muy bien definida y una interesante historia detrás: desde el cocinero - rockero Joaquim hasta la dulce camarera Mabel y su encantadora hija Aurora, pasando por Phillip, el recepcionista gruñón o mi favorito, el exitoso escritor William Lexington; todos le dan un bonito color a una historia muy amable que nos acoge con cariño en su seno para no dejarnos escapar.


La lectura de este libro resulta muy fácil y entretenida gracias a una prosa ágil, sencilla y muy evocadora, que le da calidez al relato. Desde que el lector se acerca a las inmediaciones del hotel se ve envuelto en una atmósfera llena de encanto y delicadeza, que hace de su estancia en este establecimiento una auténtica delicia. Mónica Gutiérrez describe profusamente todos los aspectos de esta novela, convirtiéndola en un tesoro  para los sentidos: la música, la comida, la ambientación nos permiten experimentar en nuestra piel lo especial que es el lugar en el que se desarrolla la  acción y soñar con que un sitio así pueda existir en la realidad. La estructura en forma de e-mail le da mucha agilidad al texto y nos deja conocer en detalle la psique de los protagonistas: aunque no leeremos nunca las respuestas a las epístolas que envían, por el contexto podemos ir adivinándolas y apreciando los pequeños cambios que se producen, lo que me ha parecido un ejercicio de sutileza y elegancia a valorar positivamente.


Tras la hermosa portada de Un hotel a ninguna parte encontramos una lectura muy amable y fascinante que sin duda, merece dar el salto al papel; no entiendo cómo una novela así no ha podido llamar la atención de ninguna editorial, ¡seguro que enamoraría a muchos lectores!. Esta es una de esas historias mágicas que se van cociendo a fuego lento y que se leen con una sonrisa y un par de mariposas revoloteando en el estómago. Debo reconocer, sin embargo, que en algunos momentos me hubiera gustado un poco menos de dulce en las descripciones hechas por Emma, que a veces se pasaba de melosa a la hora de narrar todo lo relativo a su estancia en el hotel, pero creo que eso sólo puede molestar a brujas sin corazón como yo. Leyendo este libro sólo se me venía una palabra a la cabeza para definirlo: cucusero, es decir, adorable, bonito, acogedor, carismático, singular; uno de esos relatos que apetece seguir leyendo y en los que no paras de pensar cuando no lo tienes cerca... Un libro, en definitiva, que deseas con todas sus fuerzas que se materialice, porque sabes que en Un hotel en ninguna parte todas las penas se acaban extinguiendo; ¿quién no querría hospedarse en un lugar así?

Cuando me dijiste que me habías conseguido trabajo en El Bosc de les Fades te olvidaste de añadir "si es que eres capaz de encontrarlo". Aquí no hay hadas. Hace mucho tiempo que se fueron de este bosque sombrío y tétrico. Y desde luego, si alguna vez visitaron el hotel fue por casualidad porque llegar hasta aquí es cuestión de azar.

Vinieron para quedarse... (XXII).


Hola a tod@s!

¿Qué fue de esa chica que todos los meses mostraba con orgullo una gran pila de libros de libros nuevos? Pues ni más ni menos que se dejó arrastrar por la cordura al reino de la rutina y de las buenas intenciones. Este cambio de status y de chip ha hecho que los nuevos inquilinos de mi estantería sean cada vez menos, aunque  todos ellos son muy deseados y queridos. En marzo fueron cuatro los libros que vinieron para quedarse, como podrán ver a continuación:


De parte del equipo de comunicación de Lunwerg Editores me llegó la magnífica novela gráfica Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí, un estupendo cómic del que ya les he hablado en el blog. Además de esto, Ana González Duque me ofreció Leyendas de la Tierra Límite: Las Tierras Blancas, novela de la que es autora y que me hizo especial ilusión recibir; ya había visto el libro en otros blogs y me hacía ojitos y que ella me haya dado la oportunidad de leerlo y que encima me lo enviara  dedicado... Buah, no tengo palabras. Quiero no tardar demasiado en ponerme con él porque me apetece vivir alguna historia de fantasía y porque creo que me lo voy a pasar muy bien entre estas páginas.


Terminar los retos propuestos tiene recompensa y, en mi caso ser cumplidora del I Reto de Novela Histórica propuesto por Francisco en su blog tuvo como premio recibir la novela El héroe de Roncesvalles. Durante varias semanas pensé que el libro se había perdido por el camino, ya que todos mis compañeros iban recibiendo sus ejemplares y el cartero no llamaba a mi puerta... Pero, aunque tarde, el libro apareció y ya reposa en mi estantería: no sé qué tal estará la historia, pero les aseguro que la edición es una delicia. Por último les muestro mi única compra del mes: nunca me había fijado en la novela Cien días de felicidad y no me suena haber leído demasiadas reseñas al respecto... Pero un día me tropecé con la portada de la nueva edición de bolsillo y no pude seguir ignorándola: me atacó en una de mis grandes debilidades, mi amor homersimpsoniano por los donuts. A partir de esa imagen investigué más sobre el libro y me interesó la trama, así que cuando lo vi casualmente en una gran superficie, decidí llevármelo a casa. No tengo expectativas más allá del mero entretenimiento, pero si alguno de ustedes lo ha leído, me encantaría conocer su opinión.



Pues, nada más amigos, ¡esto es todo! No se pueden quejar este mes de acaparamiento librero, ya que han llegado pocos nuevos... Sin embargo, no puedo prometer que en abril pase lo mismo, ya que Sant Jordi está a la vuelta de la esquina y las librerías suelen sorprender con apetecibles descuentos e interesantes novedades... ¡Pero de eso ya hablaremos el mes que viene! ¡Les deseo un abril de libros mil! ;)

Previously... (XV).

Libros y té vintage

Hola a tod@s!

Debo tener los biorritmos alterados porque, entre el cambio de hora, los días festivos de Semana Santa y la vuelta a la rutina más cargada de deberes que nunca estoy que no me encuentro: no me quedan ni tiempo ni ganas de estar delante del ordenador y concentrarme para redactar una entrada me cuesta todo un mundo. Así que espero que disculpen mi evanescente presencia en las redes y, mientras lucho por aclimatarme, les dejo el repaso de lo que supuso para mí marzo en cuanto a lecturas, un mes que me permitió descubrir y mostrarles grandes libros, como veremos a continuación.

Lecturas Libros Marzo 2015

Lo reseñado:

Después de un mes tan centrado en el cine como fue febrero, marzo pedía a gritos volver a darle importancia al papel, y vaya si la tuvo: cayeron seis reseñas de libros muy dispares, aunque me temo que la temática de los corazones rotos estuvo muy presente en ellos. Comencé el mes hablándoles de mis aventuras surcando los mares con El príncipe de los piratas, la primera novela histórica leída este año, que me llevó a codearme con los corsarios más famosos de todos los tiempos. Continué con una "novela - colección de relatos - casi obra teatral" llamada Felices los felices, un breve libro de historias sueltas mucho más conectadas de lo que pudiera parecer a primera vista. Volví a interesarme por el mundo de la ilustración gracias al libro Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí, un bonito álbum de dibujos que relatan una historia muy auténtica y actual. Seguí contándoles lo que supuso para mí conocer El devorador de calabazas, una novela sorprendente por su tema y por la época en la que fue creada, que me dejó de regalo muy buenas reflexiones. Y culminé el mes con mi comentario sobre El jardín de la memoria, un libro duro, valiente, hermoso, cruel y lleno de vida a pesar de hablar de la muerte, que no puedo evitar recomendar al que quiera una lectura que le deje cicatriz. No me olvidé de dejar para los que siguen mi página de Facebook una nueva microrreseña, esta vez en torno al libro Como una novela, un breve ensayo sobre cómo aprender a amar a los libros que me resultó simpático y muy inteligente.


Lo leído:

No me quejo de mis lecturas del mes, ya que todas ellas fueron entre buenas y mejores. Comencé marzo terminando un libro que inicié en febrero, fruto de una lectura conjunta en inglés: The storied life of A. J. Fikry me gustó muchísimo y me hizo superar mi pereza a leer novelas en la lengua de Shakespeare; resultó ser una lectura muy sencilla y satisfactoria, así que hice pleno al 15. Seguí con la lectura express de Carta de una desconocida: fui a la biblioteca a estudiar pero los ojos se me acabaron desviando hacia las estanterías... Todo lo  leído de Zweig hasta el momento había sido bueno y esta lectura sigue esa línea: no sé cómo el autor era capaz de decir tanto en tan poco, qué genialidad. El recrudecimiento del frío me llevó a decidirme por El año sin verano, una lectura sencilla y entretenida que supuso mi estreno con la faceta novelística de un periodista al que admiro. A final del mes me apeteció centrarme en historias contadas con letras y dibujos, lo que me llevó a hacerle hueco al ya mencionado Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí y a Las cosas que guardo, que se asemejan en género y en título y de las que precisamente guardo muy buen recuerdo por su minimalismo e intensidad.

Viñeta Libros Abril 2015

La viñeta lectora del mes:

Como han podido comprobar, marzo no ha sido un mal mes y me ha dejado de recuerdo libros muy gratos, libros que se quedan dentro. Por eso no he podido evitar sentirme reflejada en esta viñeta que les comparto: supongo que muchos conocerán este dibujo del ilustrador argentino Liniers, pero igualmente lo traigo a mi bitácora, ya que esa afirmación a la que alude la imagen bien lo merece. Creo que el mensaje de la viñeta nos identifica a casi todos los lectores de corazón y por eso le cedo un puesto de honor este mes, para que no se nos olvide que  muchos libros no acaban en la última página, sino que algunos empiezan, incluso después de finalizados, a vivir en nuestro interior.

Pues nada más, amig@s, ¡esto es todo! ¿Qué tal les ha ido marzo a ustedes? ¿Algún libro se les ha escondido dentro últimamente? ¿Seguirá en abril la racha de buenas lecturas? Abrazos! ;)

El año sin verano.

Reseña, Opinión, Libro, El año sin verano, Carlos del Amor

No sé cómo habrá sido el invierno allá donde ustedes viven, pero aquí, en mi terruño, ha sido el más frío de los últimos 17 años. Esto llevó a que me pasara la mayor parte de los últimos meses bajo capas y capas de ropa ante el congelamiento inminente de mis extremidades y cuando andaba por casa, mis pintas eran más de esquimal que de otra cosa: a modo de rollito de esa primavera que tanto añoro, me envolvía meticulosamente en una mantita peluda, con precaución de no dejar ni la punta de la nariz fuera. Puede parecer una exageración, al fin y al cabo, vivo en unas islas con clima subtropical donde precisamente muchos guiris se refugian en busca de unos rayitos de sol... Pero les juro que no, que yo he pasado mucho frío y he llegado a temer que este largo invierno nunca llegue a su final. Puede que por este motivo me haya parecido oportuna la lectura de una de las novedades de las últimas semanas: escrita por Carlos del Amor, periodista cuyo particular estilo a la hora de realizar reportajes me tiene enamorada, El año sin verano era uno de esos libros que me leían la mente en cuanto a cuestiones meteorológicas... Encontrarlo en la biblioteca y comprobar lo finito que era (no sé por qué me había imaginado un tocho de 500 páginas, como los que suelen sacar todas las celebrities) fueron los alicientes que me empujaron a leerlo sin demora, deseando en mi interior que el agorero título de esta obra no se hiciera realidad en este 2015 de cambio climático latente.

Edificio de El año sin verano, Carlos del Amor

Parece ser un verano como otro cualquiera, pero no lo es: los meteorólogos coinciden en que, por primera vez desde 1816, este va a ser un año sin verano. Pero, con buen tiempo o sin él, la vida sigue como siempre, y la ciudad se vacía en un mes en el que todo el mundo coincide en salir de vacaciones. Nuestro protagonista, periodista de profesión, tendrá que quedarse trabajando ese  agosto en Madrid, lidiando como puede con las obligaciones laborales, la reciente muerte de su padre, su futura paternidad y el estancamiento en el que se encuentra su próxima obra literaria, cuya trama no avanza a pesar de que el plazo de entrega se acerca... Teóricamente el mes de soledad al que se enfrenta le va a servir para poner todas sus cosas en orden,  pero sus buenas intenciones se van al traste cuando encuentra en el rellano de la escalera un llavero perdido, perteneciente a su portera, que tiene copia de todas las llaves del edificio. La tentación por conocer la vida de sus vecinos es demasiado grande, así que aprovechará la ausencia de estos para allanar sus casas  e investigar sus vidas, descubriendo por el camino historias increíbles, dignas de formar parte de una novela.


El año sin verano es dos libros en uno: por una parte, tenemos lo que ya he comentado, la historia de un periodista atribulado que comienza a colarse en las casas de sus vecinos, con el fin de cotillear un poco en sus vidas. Pero a la vez nos encontramos con las historias que nacen a raíz de esa investigación, pues en los pisos de al lado surgen algunos misterios y coincidencias que nuestro protagonista pretende desentrañar: ¿por qué el vecino del quinto izquierda conserva los periódicos del mismo día desde hace más de 30 años? ¿qué fue de su esposa a la que tanto amó y de la que no había oído hablar? ¿dónde se encuentra aquel vecino del ático que nunca aparece y que cedió su céntrico piso a un sobrino actor? Las respuestas a estas preguntas y a otras más que van surgiendo serán convenientemente desarrolladas por el autor, que juega a la metaliteratura con nosotros, haciendo que confundamos realidad o ficción y que continuamente nos preguntemos si la historia está o no basada en hechos reales: ¿fue capaz Carlos del Amor de invadir los apartamentos vacíos de su edificio con nocturnidad y alevosía para averiguar los secretos más ocultos de sus residentes? Las pocas páginas de las que consta el libro no nos lo aclara, pero a cambio nos ofrecen una bonita historia de caminos cruzados, amor y misterio de la que es mejor no saber demasiado para acompañar en nuestras pesquisas al protagonista, dejándonos llevar por la magia de una narración sencilla, amena y terriblemente encantadora.


El autor va entrelazando su trama personal con los hechos del pasado de una manera muy elegante, casando ambos elementos con naturalidad, sin imposturas. Las casualidades de la vida hacen que se sienta muy identificado con uno de sus vecinos, con el que comparte profesión y gustos culturales: las referencias al mundo del arte serán constantes pero no resultan excesivas, puesto que Carlos del Amor ha logrado integrarlas de manera adecuada en el argumento, llegando a formar parte importante del mismo. El narrador salta del relato en primera persona de sus vivencias veraniegas a la narración omnisciente cuando recrea, según las pistas que va recolectando, lo que pudo suceder en su edificio años atrás, configurando una novela muy entretenida y ágil, que nos hace cómplices de lo que nuestro periodista va descubriendo. El final tiene truco: sin desvelar demasiado, tengo que decir que al principio logró engañarme y me molesté con esa elección, pero esperé un poco más y recibí una respuesta que, no sé si es la que esperaba pero que al menos me resultó convincente. Uno acaba el libro con la agradable sensación de haber leído una historia escrita con mucho mimo, llena de pequeños detalles y guiños con los que es muy fácil conectar y que dejan una impresión plenamente satisfactoria.

Los tres viajeros aéreos favoritos, John - Francis Rigaud, Cuadro Libro El año sin verano Carlos del Amor

Aunque la premisa de la que parte el libro, esa de entrar en las casas ajenas a cotillear, no es una idea que me apasione (si estuviera en la situación del protagonista probablemente hubiera devuelto las llaves y punto), me ha gustado la manera en la que el autor ha desarrollado una historia a partir de ahí, dándole una personalidad autónoma al relato de sus experiencias estivales y llenándola de pequeñas referencias a otros libros y otras vidas que resulta muy entretenido descubrir. La prosa del autor es muy atractiva, pues combina belleza y sencillez, lo que hace que nos sintamos muy cómodos entre estas páginas, jugando a desentrañar qué es verdad, qué es ficción y qué puede pasar en la intimidad de esas vidas paralelas que se cruzan en el ascensor. Parece que el tiempo está cambiando y en los últimos días vuelve a salir el sol; eso me hace pensar que el frío se está marchando definitivamente... Pero si al final es una falsa alarma y las temperaturas vuelven a bajar, recordaré que mi experiencia en El año sin verano fue tan viva y cálida como una tarde de frío invierno al amor de la lumbre. 
Nadie cuenta o contamos la realidad totalmente al pie de la letra; inventamos o maquillamos lo que vivimos para hacerlo un poco más interesante. La vida es literatura y todos somos, en cierta medida, escritores. Cuando volvemos de vacaciones, por ejemplo, si alguien nos pregunta qué tal, condimentamos los buenos momentos un poco, casi nadie responde "mal", o "regular" o con un simple "bien". Inventamos; inventamos constantemente hasta construirnos unos recuerdos en los que se entremezclan lo vivido y lo ficticio de tal forma que al cabo de un tiempo ya no sabemos si lo que sucedió es del todo cierto o no. Siempre pienso esto cuando observo las páginas de Facebook de la gente. Un tanto por ciento muy elevado está lleno de fotografías de instantes increíbles, como si todo el mundo se pasara la vida en un concierto, en una gran comida o en un viaje interminable; seleccionan la mejor foto, el mejor momento, lo exageran y dentro de unos años, cuando miren ese álbum virtual, se darán cuenta de que tono fue maravilloso. El hombre es un superviviente de su propia vida.

El jardín de la memoria.

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Cáncer y Holocausto. Viudez y orfandad. Tratamientos paliativos. Muerte. Creo que hay pocas palabras peores que estas en nuestro idioma, pues todas tienen como común denominador el dolor, ya sea por lo vivido o por lo sufrido. Normalmente evitamos enfrentarnos a estos temas, o por lo menos a todos a la vez: en el caso de la literatura o el cine, por ejemplo, ya es suficientemente dura una trama sobre los campos de exterminio para a ello añadir una enfermedad tan cruel; no solemos ser tan masoquistas. No tuve en cuenta todos estos factores cuando decidí leer El jardín de la memoria, de Lea Vélez, y menos mal, porque quizás mis prejuicios me hubieran impedido acercarme a un libro sin igual. Hice caso a mi libreta de recomendaciones a la hora de buscarlo en la biblioteca y se ve que  me olvidé la trama, pues probablemente de haberme acordado habría demorado su lectura. Pero el impacto que me produjeron las primeras páginas de esta historia me impidieron huir de un retrato tan descarnado, que me llevó a vivir una de las experiencias literarias más intensas de los últimos años.

cementerio inglés

En El jardín de la memoria encontramos tres historias que se van entrelazando: la principal es la de cómo Lea (la autora del libro) y su marido George se enfrentan a la muerte inminente: a George le han diagnosticado un cáncer terminal y les queda poco tiempo para estar juntos. Alrededor de esta trama central discurren dos hilos que pueden parecer poco relacionados con el drama del matrimonio protagonista, pero que tienen mucho que ver: uno es la recopilación de recuerdos de los Collinson (la familia de George) a través de los cuales Lea quiere conocer mejor el pasado de su familia política, pues no entiende por qué la ley del silencio se ha extendido sobre la muerte de Stephen, hermano de George que falleció siendo niño. A través de cartas, objetos, fotografías y anécdotas que le cuenta su marido, Lea intenta comprender mejor la dinámica familiar de los Collinson, su dolor tantos años enterrado, la manera tan radical que tuvieron para sobrellevar la pena, que fue hacer como si nunca hubiera pasado nada... Por otro lado tenemos la investigación que Lea hace sobre el fotógrafo Francesc Boix, un exiliado de la Guerra Civil que fue deportado a Mauthausen, donde presenció el horror nazi: Boix consiguió ocultar imágenes de lo que pasaba en el interior del campo que, una vez finalizada la II Guerra Mundial, fueron cruciales para los Juicios de Núremberg, en los que el joven prestó declaración.


No se puede hablar en esta obra de personajes, sino de personas, pues está basada en las vivencias de la propia autora. Yo no conocía este dato cuando empecé a leer el libro, pero al poco de estar entre estas páginas comprendí que lo que allí estaba escrito debía ser real: el relato es totalmente honesto, auténtico, no pretende ser una novela intimista, sino el testimonio de una cuenta atrás. En estas páginas he percibido la entereza de una mujer fuerte, la dignidad de un hombre que sabe que está condenado pero que quiere vivir sus últimos momentos con toda la plenitud emocional que pueda y un amor enorme, lleno de pequeños gestos y acciones cotidianas que es lo que realmente importa en momentos tan extremos. Muchos de los sentimientos de los personajes los comprenderemos mejor gracias a las tramas paralelas que complementan la historia principal: por un lado, reconstruir la vida del pequeño Stephen, un niño muy inteligente y vital al que el cáncer se llevó en su infancia y cómo eso afectó a sus padres y hermanos nos sirve para entender la actitud tan honesta que mantiene el matrimonio a la hora de afrontar este trance: no se les esconde la enfermedad a los hijos de la pareja, que participan plenamente de los últimos momentos de la vida de su padre, con la intención de que asuman su partida de forma "natural", minimizando el trauma en lo posible. La historia de Francesc Boix es casi un espejo en el que se mira Lea: como él, vive el horror, como él, recopila los vestigios de una existencia frágil, como él quiere salvaguardar la memoria. Este paralelismo no está forzado, sino que es fruto de la sólida investigación que hizo la escritora sobre Boix y que precisamente compartió con su marido poco antes de fallecer, razón por la cual dicha trama también forma parte de la narración.

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

La autora escribe este libro desde el corazón; su estilo es cuidado y sencillo, pero éste queda en un plano muy secundario ante la magnitud de la historia. Las tres líneas argumentales que conforman el relato se van trenzando de una manera natural, que hacen que la trama discurra elegantemente. Aunque el libro mantiene las emociones a flor de piel, quiero dejar bien claro, por muy extraño que pueda parecer, que no se trata de una historia triste, sino vitalista: los protagonistas han decidido vivir sus emociones plenamente y compartirlas con sus hijos pequeños con el  fin de hacer cosas significativas, pasar juntos momentos enriquecedores, crear recuerdos de valor. No he sentido como lectora que Lea Vélez quisiera transmitir lástima o pena, sino alegría de vivir: lograr esto ha de ser realmente complicado dadas las circunstancias y me parece digno de admiración. 

El árbol de la vida Gustav Klimt

Muy pocas veces me he encontrado con un libro tan honesto como El jardín de la memoria. No se trata de una lectura pasajera, para leerla sin pretensiones, sino todo lo contrario, pues trae a la mente demasiados recuerdos, ideas, opiniones que necesitan tiempo para ser procesadas. Admiro  a la autora por haber sido capaz de compartir una vivencia tan íntima y que, además, adjuntara otras dos historias semejantes igual de emotivas y totalmente pertinentes, conformando todo el conjunto un bonito retablo sobre lo bello que es vivir plenamente y la importancia de coleccionar momentos valiosos e inolvidables. Leer este libro es una decisión muy personal, pues estamos hablando de una obra que puede remover más cosas en nuestro interior de las que quisiéramos... Pero también nos mostrará maneras de enfrentarse a los monstruos del destino con mucha paz interior, sin dejar a un lado los sentimientos o la esperanza. 

Yo no soy valiente. La gente me dice que lo soy. Me lo dicen tantas veces que me hacen dudar Pero no, no lo soy. Siempre me he considerado cobarde. Nunca me ha gustado arriesgar. Temo al peligro. Temo al que dirán. Me da miedo preguntar por una dirección en la calle. Valiente es irse a al frente con dieciséis años con una cámara como única arma, siguiendo los pasos de Robert Capa o cualquier otro famoso fotógrafo de guerra. Boix dejó su casa y su familia y se marchó a la guerra. Aunque puede que eso no fuera valiente sino osado. No es lo mismo, supongo. No sé. Por osadía o por valor, Francesc Boix se lanzó a su destino y comenzó el principio de una aventura en la que siempre cabría la esperanza. ¿Que cómo lo sé? Porque la esperanza es lo último que se pierde. Doy fe. De hecho, la esperanza nunca se pierde, ni siquiera cuando se pierde.

El devorador de calabazas.


Estuve varios meses sin visitar la biblioteca porque me dolía entrar en el edificio: paredes desconchadas, muebles deteriorados, libros perdidos... Cada vez que me pasaba por allí, me daba cuenta de que había un trabajador menos, de que el horario se había reducido, de que los niños no escucharían más cuentos entre aquellas paredes... En las antiguas estanterías de novedades se posaba el polvo mezclado con las páginas amarillentas de alguna novela promocional que algún periódico ofreció muchos años atrás, sacada del baúl de los recuerdos... Los usuarios que antes llenaban la sala, tropezándose por los pasillos y haciendo cola para pedir su turno en los pocos ordenadores que quedaban libres habían menguado dramáticamente, dejando su hueco a los estudiantes ocasionales que ocuparían las mesas unos pocos días para no regresar hasta el nuevo trimestre. Más que ir a una biblioteca, sentía que acudía a un cementerio y esa idea me ponía triste. A principios de este año me vi en la obligación de regresar otra vez  a aquel antiguo templo de felicidad en ruinas y me llevé una grata sorpresa: al parecer algún mago o hada madrina escapó de los libros allí guardados y transformó la decadencia en renacimiento; a pesar de que aún se podían apreciar las heridas de guerra tras un largo tiempo de abandono, el lugar volvía a ser un animado sitio en el que a cualquiera le apetecía pasar el rato. No pude dejar de fijarme en las nuevas estanterías cargadas de libros por estrenar, ni pude evitar llevarme a casa todos los que pude: una de las obras secuestradas fue El devorador de calabazas, de Penelope Mortimer, una novela que llevaba algunos meses en mi lista de deseos y que no podía pasar por alto, no fuera a ser que esta maravillosa biblioteca que ante mí se aparecía no fuese otra cosa que un espejismo transitorio hijo de una mente ilusa.


La señora Armitage quiere ser madre, un deseo nada disparatado para una mujer casada de mediados del siglo XX. Sin embargo, nadie opina que sea buena idea que la señora Armitage traiga a una criatura al mundo e incluso le recomiendan que acuda al psiquiatra para hacérselo mirar; quizás tenga mucho que ver que nuestra protagonista ya ha parido anteriormente a varios hijos, tantos que parece que ni ella misma lleva la cuenta... Para el cuarto marido de la señora Armitage, Jake, el deseo de su esposa es sencillamente una locura y hará todo lo posible por persuadirla: él no quiere más hijos, está cansado de trabajar para tantos niños que ni siquiera son suyos. Para la señora Armitage, el embarazo es el único estado en el que puede ser feliz: sólo durante esos nueve meses de gestación siente que es una persona importante, fuerte y completamente realizada. El devorador de calabazas es un desgarrador  relato sobre la vida conyugal y la complicada situación de una mujer que quiere ser feliz en una sociedad machista, en la que no tiene ni voz ni voto y en la que ha de plegarse a los deseos de los demás mostrando siempre una sonrisa, aunque por dentro se esté muriendo de infelicidad y desesperación.


La señora Armitage (cuyo nombre de pila nunca conoceremos) se nos presenta como un personaje complejo y lleno de contradicciones: por una parte podemos pensar que es una mujer algo alocada e inconsciente, pues ha ido coleccionando hijos y maridos como si fueran cromos, sin darle demasiada importancia al compromiso que supone formar una familia pero, por otro lado, la vemos como una esposa que idolatra a su último marido, Jake, que lo quiere complacer en cada capricho, a pesar de que él no es todo lo perfecto que cabría esperar. Una mujer obsesionada con pasar más tiempo con su esposo, demasiado ocupado con su trabajo y con su éxito como guionista de cine: la señora Armitage añora esos primeros años de matrimonio, cuando ambos eran una familia numerosa pobre pero feliz: ahora pertenece a una clase media acomodada y tiene todo lo que pueden desear pero está absolutamente insatisfecha con una vida en la que no es más que un florero y un matrimonio que hace agua por todas partes. Mortimer también retratará sutilmente a Jake, mostrándonos a un hombre extremadamente manipulador y egoísta que siempre termina consiguiendo lo que quiere, aunque esto implique mentir y hacerse la víctima. La compleja relación entre estos personajes y la salida a la luz de sus verdaderos caracteres será el nervio que recorra toda la novela y que mantendrá al lector expectante, pues los vaivenes emocionales de los protagonistas logran atravesar su realidad de papel.


El devorador de calabazas está escrito con un estilo sencillo y franco pero no carente de profundidad: Mortimer no resulta rebuscada a la hora de expresar lo que quiere transmitir, sino que hace uso de la claridad más absoluta, que en ocasiones puede resultar hiriente. La historia de la señora Armitage la iremos conociendo a través de sus conversaciones con el psiquiatra al que su marido y sus padres le obligan a acudir para tratar esa obsesión por traer hijos al mundo, y también desde su propio punto de vista, cuando nos haga partícipe de recuerdos de su pasado y nos invite a presenciar sus conversaciones con Jake. Los diálogos de esta novela son concisos y directos, muchas veces cargados de amargura y reproche, otras de adulación y desconsuelo. El clima que evoca la autora es claustrofóbico, asfixiante y nos hace empatizar con la soledad de la señora Armitage, aunque evita presentárnosla como una mártir: aunque ella es la más débil de la pareja, no se disfraza su parte de culpa en esta situación. La manera en la que Mortimer desarrolla esta historia, a primera vista común y corriente, es realmente brillante: puedo decir que es uno de esos libros que no te apetece dejar de leer, no por que enganche, sino por la intensidad de lo que cuenta y, cuando no lo tienes entre manos, es normal que tus pensamientos acudan a estas páginas, reflexionando sobre lo que le sucede a ésta pareja, por qué le ocurre y qué haría uno en su situación. 


El devorador de calabazas es una lectura reflexiva, que hace que nos planteemos, entre otras muchas cosas, el papel de la mujer en la sociedad y la anteposición de los deseos de los demás a los propios. Aunque a lo largo de las líneas que componen esta novela prevalece un poso de amargura y pesimismo, me ha gustado mucho su lectura, pues es un libro diferente a lo que podemos encontrar hoy en día en cualquier librería o biblioteca, nos plantea cuestiones incómodas y nos invita a escarbar dentro de nosotros mismos para encontrar respuestas. A pesar de haber sido escrito en la década de 1960 me ha parecido un libro rabiosamente actual, pues gran parte de las cosas que vive y siente la señora Armitage no han cambiado tanto con el paso de los años: desgraciadamente, muchas de las expectativas que se tenían sobre una mujer hace cincuenta años se siguen manteniendo ahora y otras, aunque parecen superadas, saltan a la luz en lo que se escarba un poco. Creo que este libro hay que leerlo sin saber demasiados detalles de la trama (no entiendo por qué muchas reseñas destripan algunos aspectos fundamentales de la misma) y con el espíritu crítico con ganas de juerga: con estos elementos presentes les aseguro que la lectura de El devorador de calabazas será una experiencia de lo más enriquecedora. 

- Nada importa ahora, supongo. Pero hay algo que sí.
- Claro que algo importa. El futuro.
- No. No el futuro. La verdad.
- ¿Es que no lo ves? Antes de que te enterases de la verdad, éramos felices. ¿De qué sirve averiguar continuamente la verdad? La verdad siempre es desagradable.
- ¿Solo las mentiras son agradables?
- Por lo general. Por eso la gente miente. Para hacer la vida soportable.
- Sí. Ya lo veo.

Todo lo que (nunca) te dije lo guardo aquí.

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De un tiempo a esta parte he sido testigo de un fenómeno que me ha llamado mucho la atención: el nacimiento virtual de numerosos personajes de ficción que, una vez convertidos en fenómenos en las redes sociales se metamorfosean en seres de papel, dispuestos a ganarse también el corazoncito de los lectores más tradicionales. Pasó con La Volátil, también con Moderna de Pueblo y ahora me entero que se suma alguien más a este carro, una ilustradora que seguía desde hace un tiempo a través de Facebook: Sara Herranz. Me llevé una grata sorpresa cuando me ofrecieron leer Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí porque no tenía ni idea de que la ilustradora había dado el salto al papel;  me hizo ilusión porque sus dibujos me encantan e incluso a veces los he elegido para describir estados de ánimo propios... Sin demasiada idea de lo que iba a encontrar entre estas páginas, me acomodé para conocer la vida en blanco, negro y rojo de la muchacha que me miraba desde la portada, con el deseo de que me llegaran tanto sus vivencias como las de su homónima 2.0.


Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí es el relato de una joven que llega en septiembre a la gran ciudad, donde  se siente algo sola y perdida... quizás eso es lo que la lleva a desear algo de drama pero, sobre todo, a querer encontrar  al gran amor de su vida. Y, tras unos comienzos titubeantes en los que bares, cervezas y resacas la acompañan en su búsqueda, lo conoce a él, un chico que parece tenerlo todo y con el que combina a la perfección; vamos, el gin de su tonic. Nuestra protagonista nos va contando, en un tono intimista y algo poético, cómo nace, crece y se desarrolla esa relación, y también nos  habla de crisis, de desamor, de cómo recomponer un corazón roto y de segundas oportunidades. A través de este breve relato bellamente ilustrado, la autora combina perfectamente imágenes y textos, balanceando una trama que, como la vida misma, está llena de altos y bajos, de aciertos y errores que hacen de esta obra el retrato perfecto de un trozo de biografía humana.


El mayor peso narrativo y emocional de este libro lo cargan las imágenes que lo conforman, unos bellos dibujos bicolores, minimalistas, de trazos diáfanos y líneas muy marcadas que expresan todo un mundo a pesar del agudo contraste del blanco y negro, que impide que sombras de gris u otros tonos tengan  hueco en las ilustraciones. Tan sólo algunos chispazos de rojo tienen presencia en estos dibujos, siendo su función la de subrayar la carnalidad de esta trama; aunque no lo he comentado antes, esta obra rezuma sensualidad por los cuatro costados y esos toques de carmín, esos puntos escarlata que vemos aquí y allá inciden precisamente en este aspecto.


He disfrutado bastante de la lectura de Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí en todos los sentidos:  me ha parecido un álbum precioso en el que una historia mínima se combina perfectamente con unas imágenes que la engrandecen y la dotan de sentido y profundidad. Quizás peca un poco de regodearse en el rollito hipster, lo que puede molestar a quien no comulgue demasiado con esa onda, pero al final la historia que cuenta es aplicable a cualquier persona, en cualquier ciudad, que esté atravesando una situación emocional similar a la de nuestra protagonista. Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí es una estupenda novela gráfica que gustará a los que quieran investigar sobre las dos caras del amor y a aquellos que se regodeen disfrutando de unas bellas imágenes que son tan mínimas como efectivas. 

No somos la típica historia de amor. Somos los héroes de la resistencia del asfalto, los que no celebran aniversarios y comparten cervezas y resacas. Somos la típica historia de amor de la que hablan todas las (buenas) canciones.
Agradezco a  Lunwerg Editores el envío del ejemplar.
Sofadicta LePetitHérisson por Nymeria